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Cosas que nunca te dije

Alhucemas, la familia de la otra orilla

Hace casi nueve años que cruzamos España para subirnos a un ferry que nos llevaría a Alhucemas, una ciudad al norte de Marruecos.

Estos días no dejo de pensar en aquel viaje y en esa ciudad tranquila, brillante y llena de vida. Las noticias hablan de una ciudad distinta a la que conocimos, ahora describen la situación de un pueblo que ha dejado de chillar para dentro. Alhucemas es una ciudad resiliente, maltratada por la naturaleza (los terremotos), pero también por el gobierno.

Alhucemas nos removía desde siempre, porque nos unen lazos familiares que hasta la fecha solo habíamos visto en fotos. Ese verano surgió la oportunidad de conocer a la familia del Rif que se reúne en Alhucemas para encontrarse y alimentar el corazón.

No os vamos a contar la historia de esta ciudad al borde del Mediterráneo, pero sí os adelantamos que a día de hoy están viviendo su revolución, una lucha incesante por sus derechos, una lucha social, pero también política. (Ver vídeo)

Alhucemas nos enganchó desde el primer día, descubrimos sus tesoros, y también sus contradicciones, que se han hecho visibles en las protestas y reivindicaciones de hoy (se podría decir ‘pídele cuentas al rey’).

Aquel verano, agosto de 2009, coincidimos con familias enteras que venían de muy lejos para abrazar a su gente, reunirse con los suyos, intercambiarse regalos, horas largas de té, comidas y tardes de risas y playa. Sí, la felicidad se podía tocar y oler.

Aquellos días nos alojamos en un piso familiar, cerca del centro, con vistas a la calle dicharachera e hiperactiva, desde donde veíamos llegar a un señor con pescado fresco cada mañana, a los chicos de la tienda de enfrente siempre atareados preparando caftanes, de vez en cuando coches pitando, decorados con aires de fiesta, anunciando boda…

No os vamos a contar lo obvio, lo que todo el mundo dice cuando cruza el estrecho, el tópico de… ‘tan cerca, pero tan lejos…’, ‘sólo nos separa un puñado de kilómetros y qué culturas tan diferentes…’ y bla, bla, bla… Nos da igual, no vamos a hacer un listado de diferencias. Conectamos, con eso basta.

Nos gustaría contaros detalles, sensaciones que solo vivimos allí, en una ciudad de playas infinitas, peñones en el horizonte y carreteras sinuosas. Durante unos días se paró el reloj, la rutina era paz y la alegría de calles y plazas nuestra gasolina para recorrer la ciudad, trepar árboles para coger higos, conversar y disfrutar de las noches al sereno. De tarde en tarde subíamos al campo, a la casa de la familia, para tomar té, dulces y dilatar el tiempo hasta la puesta de sol. Y de fondo, la llamada a la oración. Un día fuimos montaña arriba y recortamos el horizonte. Hay foto.

Las tardes en los bazares se comían las horas. Había tanto qué ver, tanto qué preguntar… Inciso: una vez nos confundieron con una pareja de irlandeses. Compramos artesanía bonita, para regalar y para conservar. Aún utilizo mis sandalias, imperfectas, trenzadas, y la tetera, la chilaba, el puf…

En nuestra cocina no faltan las especias, de hecho la cúrcuma es dueña y señora. Quizás la adicción viene de esas visitas al zoco, donde las especias parecían paletas de pintor y pedíamos mezclar colores (especias) para llevarnos todos los aromas. Ese olor se ha quedado para siempre. Y qué os voy a contar de las sandías, montañas y montañas de sandías, las comíamos a puñados, gigantes, sabrosas…

Como pulguillas traviesas corrían los petit taxi, endemoniados y veloces, esquivando a vehículos y personas (muy hábiles). Las azoteas eran las reinas de la urbe, siempre dispuestas a echar una mano: vigilantes de la ropa tendida durante el día y observatorios durante la noche, grandes cómplices de una ciudad viva y acogedora. Y de vez en cuando, en nuestro camino, algún vestigio español aparecía para recordarnos la historia de Alhucemas.

Hay más sensaciones, las que nos trajimos sin querer de esa tierra, como por ejemplo sonreír cuando pasamos por una tienda árabe y respirar hondo para quedarnos con ese olor inconfundible a especia, e inmediatamente revivir el zoco, su gente, su algarabía.

Alhucemas para nosotros significa familia, no de sangre, familia de alma. Si algún día vais os fijaréis en sus maravillosas playas, en su ambiente alegre, en sus bazares y mercados, en su gastronomía de mar, en la arquitectura mediterránea, en sus calles chispeantes, en su paz… pero nosotros, además de todo eso, nos llevamos de Alhucemas a la gente con la que compartimos durante unos días las puestas de sol. Y ahora, en estos momentos difíciles, nos ponemos en su piel para sumarnos a su cruzada, a sus reivindicaciones, a su grito de paz. Sí, en realidad nos separan unos cuantos kilómetros, que parecen infinitos, pero en la plazas el idioma es el mismo, os lo podemos asegurar.

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